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jueves, 29 de abril de 2010

El Tiempo

El tiempo es la una de las variables que más obsesiona al hombre, es la forma de medir la durabilidad de la vida, la manera de calcular las esperas, de controlar los tiempos y de miles de cosas más. Cuando Einstein añadió a esta variable la constante de que este era relativo, muchos nos dimos cuenta de su volatilidad. No pasaba igual cuando éramos sólo aprendices de la vida que ahora, no se siente igual en un buen momento que mide una época de sufrimiento. Conociendo mis limitaciones, no intentaré analizarlo en todas sus dimensiones pero me gustaría concentrarme en su esencia cambiante de la edad, el porque a medida que envejecemos este corre y corre sin ánimo de querer frenar y de cómo intentamos aferrarnos a pausas que no aparecerán.

Hay muchas explicaciones y teorías del porque de su cambiante velocidad, pero según mi experiencia personal, que no es más que eso, una experiencia personal, tiene que ver con las experiencias. Cuando somos pequeños, cualquier experiencia es nueva, eso nos focaliza a vivirla en todo su magnificencia, por lo que su duración parece eterna: el primer verano en la playa, el primer día que sales con tus amigos con el permiso de tus padres, el primer examen, la primera herida que te lleva la hospital, el primer beso… A medida que vamos acumulando experiencias, estas dejan de tener esa importancia, por lo que nuestra atención hacia ellas es menor. Si a esto le sumamos que con la edad vamos aclimatando nuestra a vida a algo mucho más monótono y controlado, los días apenas tienen momentos para ser recordados. Además ahora la sumamos que nuestra cabeza se inflama de obligaciones, obsesiones, perjuicios y demás que nublan de sobremanera cada uno de nuestros pasos. Entonces es cuando sin que nos demos cuenta, nuestros pasos, vivencias y acontecimientos van convirtiéndose en momentos carentes de significados, magias y pasiones.

No, no existe manera de parar el tiempo, pero sí creo que existe una manera de ralentizarlo, de vivirlo más completamente. Primero debemos rehuir de ser monótonos, debemos imponernos nuevas experiencias en la medida de lo posible, cualquiera puede ser buena, desde hacer una travesía por el desierto a ir hacer una compra en un mercado municipal si es algo que no hemos hecho. Más importante es si cabe, la actitud cuando afrontemos esas nuevas experiencias, no es válido imponerse experiencias si estas van condicionadas por una mente que estará pendiente de lo que el día siguiente, el trabajo, los niños o el deporte deparará… no debemos poner toda nuestra atención en la experiencia, eso es lo importante, vivirla como si fuéramos enanos de nuevo, en todo su magnitud e importancia. Si lo hacemos así, nos daremos cuenta que ese día en cuestión, es instante de nuestra existencia, coge importancia y pasa a tener un lugar en nuestros recuerdos, ese protagonismo es lo que le dará longevidad.

El tiempo, la vida y la muerte están por encima de todos nosotros, no se dejan controlar, pero en nuestras manos esta su modelación y eso es un ejercicio que nos debería ocupar toda nuestra existencia…